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| Bienvenidos a la India... |
Uno muy simpático nos puso el sello de bienvenida, pero otros mil millones nos estaban esperando afuera del aeropuerto para colaborar con nuestra profunda desorientación. Tanta gente yendo, viniendo, comprando, vendiendo, ofreciendo y gritando, sumadas a un calor y una humedad casi inhumanos, y dos mil horas sin comer y sin dormir adecuadamente, no resultaban ser el mejor cuadro de bienvenida, y ciertamente, empezaron a hacer mella en nuestros socavados ánimos, que iban fisurando acordes a la incorporación de todas estas variables.
Paramos la pelota, dejamos de poner cara de culo y distribuimos las tareas básicas. Nos hicimos de unas rupias para movernos, nos informamos de la mejor zona para ir a descansar, e intentamos coordinar los esfuerzos para ver como coños salíamos del aeropuerto, sin abordar los costosos taxis que todo el mundo nos quería convencer de tomar porque eran “más seguros”. Venimos de Medio Oriente, lo de la seguridad cuéntenselo a Antonito de la Rúa, y el taxi... métanselo en el orto.
Paramos la pelota, dejamos de poner cara de culo y distribuimos las tareas básicas. Nos hicimos de unas rupias para movernos, nos informamos de la mejor zona para ir a descansar, e intentamos coordinar los esfuerzos para ver como coños salíamos del aeropuerto, sin abordar los costosos taxis que todo el mundo nos quería convencer de tomar porque eran “más seguros”. Venimos de Medio Oriente, lo de la seguridad cuéntenselo a Antonito de la Rúa, y el taxi... métanselo en el orto.
Agarramos las mochilas, cruzamos la valla de seguridad, y ahí nomás, pero del otro lado, nos asomamos a un mundo mucho más lindo, ya fuera del aeropuerto, y lejos de los embates de los oportunistas que juegan con los miedos del turismo. Eran las nueve de la noche, estaba oscuro, pero la ciudad aún se veía notoriamente activa y predispuesta a ayudarnos.
La primer pregunta que hicimos esgrimió (del deporte esgrima): “Perdón, ¿Cómo podemos llegar a Colaba?”, y además de obtener una respuesta certera, fue la primera vez que un indio me movió la cabeza mientras sonreía, y debo decir que ese simple gesto, me sacó por un rato el hambre y el mal humor. Nos indicó una combinación de bus y tren, y se perdió en la inmensa fauna de Mumbai.
Nos subimos a un bus superpoblado (como casi todo en Mumbai) ayudados por un montón de indios que nos hacían espacio y nos miraban mucho, pero sin eso de quedarse anonadados como si fuéramos seres de otro planeta. Era más que nada una sensación de curiosidad y de intriga, que respondía a la incógnita de qué carajo hacíamos con tanto equipaje y esta cara de delincuentes en su país. Me cayeron bien en menos de dos segundos, y en menos de dos más, ya les estábamos moviendo la cabecita en retribución.
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| Indios curiosos... |
Nos bajamos y nos metimos casi directamente en la estación de tren que nos depositaría en la zona de conexión, y en menos de una hora, ya estábamos asomando la cabeza a la segunda experiencia en Mumbai: tomarse el tren. Lo primero que me llamó la atención fue lo ancho que son los vagones, luego la cantidad de gente que viaja, y por último, lo barato que son los tickets. A pesar de no ser de lo más limpios, tampoco son más sucios que el Sarmiento o el Mitre ramal Villa Ballester, y lo bueno, es que están plagados e inundados de gente moviendo la cabecita. Tremendo gesto. El movimiento de cabeza de un indio puede resultar un alivio para el alma.
Luego de esta travesía en tren, y ya casi entrada la media noche, cargamos nuevamente las mochilas y empezamos a preguntar dónde carajo era que estaba entonces la zona de Colaba. Un taxista nos insinuó que aún estábamos lejos, y que si queríamos, nos llevaba por doscientas rupias.
Siguiendo la regla de que cuando te ven cara de boludo y recién llegado a un país, te quieren cobrar cuatro veces más, le propusimos cincuenta, y luego de un rato de hacerse el dolido por nuestro descorazonado accionar, cedió. Distribuimos todo entre el baúl y techo del destartalado 404, y nos entregamos a la última combinación de la noche, la cual nos dejaría en el corazón de la zona para mochileros ratas, y muy cerca de nuestro primer contacto con el Mar Arábigo.
Bajamos, miramos, tratamos, pero estábamos más desorientados que la humanidad. Ya había menguado el movimiento de la ciudad, y las calles estaban sumidas en una pegajosa y mugrienta realidad. Las luces ya no eran tan intensas, y lo más preocupante era que no se veía un solo puesto de comida abierto, ni tampoco vida en ninguna de las puertas de los hostalitos.
Nos sentamos bastante abatidos para pensar un segundo, y los chicos se dieran cuenta que si pensaban un poco más se dormían, por lo cual me dejaron los bolsos a cargo, y se fueron a hacer una recorrida hotelera y culinaria, para ver si por lo menos no nos moríamos de hambre. Mientras ellos daban las primeras vueltas por las calles de Mumbai, yo tampoco sabía cómo carajo hacer para mantenerme despierto, hasta que encontré un juego nuevo: contar ratas. Hasta que volvieron había contado algo así como treinta y cuatro, y estoy seguro que el número no fue más alto porque mis reflejos estaban totalmente atrofiados.
Siguiendo la regla de que cuando te ven cara de boludo y recién llegado a un país, te quieren cobrar cuatro veces más, le propusimos cincuenta, y luego de un rato de hacerse el dolido por nuestro descorazonado accionar, cedió. Distribuimos todo entre el baúl y techo del destartalado 404, y nos entregamos a la última combinación de la noche, la cual nos dejaría en el corazón de la zona para mochileros ratas, y muy cerca de nuestro primer contacto con el Mar Arábigo.
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| Un poquito de tren en Mumbai... |
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| Típico taxi indio en el centro de Mumbai... |
Nos sentamos bastante abatidos para pensar un segundo, y los chicos se dieran cuenta que si pensaban un poco más se dormían, por lo cual me dejaron los bolsos a cargo, y se fueron a hacer una recorrida hotelera y culinaria, para ver si por lo menos no nos moríamos de hambre. Mientras ellos daban las primeras vueltas por las calles de Mumbai, yo tampoco sabía cómo carajo hacer para mantenerme despierto, hasta que encontré un juego nuevo: contar ratas. Hasta que volvieron había contado algo así como treinta y cuatro, y estoy seguro que el número no fue más alto porque mis reflejos estaban totalmente atrofiados.
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| Así, y más grandes también... |
“No importa chicos, ya veremos”. Con el sabor y la energía que el chapati nos había dejado en la boca, nos fuimos con el nonae a ver si conseguíamos un par más en la dirección opuesta. En esa primera recorrida noctura por Mumbai, fue donde pudimos observar por primera vez (valga la redundancia), manadas de personas durmiendo en las calles, millones de ratas en busca de los restos de comida, y respirar una atmósfera entre putrefacta, pero tremendamente compensada por aromas de comida y de elementos varios no identificados. No encontramos nada para comer, pero mucho para pensar y empezar a incorporar. Volvimos finalmente con las manos vacías.
Ya sin fuerzas, y apoyados con los bolsos en el paredón de alguna esquina, nos dimos cuenta que nuestros dioses pasados se habían puesto en contacto con sus pares en la India, cuando de la nada aparecieron tres ratis buena onda, y nos dijeron que el lugar más barato y amigable para dormir era uno que estaba justo al lado nuestro, llamado “Salvation Army”; pero que lamentablemente ya había cerrado sus puertas hasta el día siguiente, motivo por el cual, si deseábamos, podíamos dormir ahí nomás en la puerta... Que nadie nos iba a robar y que todo más que jamón. Si no era dios, era un pariente, pero sí o sí una entidad divina.
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| Salvation Army... Un tremendo lugar en el mundo... Vayan... Sí o sí... |
Para colmo, nos alentó a corrernos hacia la puerta, cuestión de que apenas la abrieran les diera lástima y nos hicieran entrar. Todo muy raro, pero con el cansancio que teníamos decidimos que lo mejor era entregarse al mundo de las ratas, apoyar los cuerpos en las mochilas y dejarse llevar... No tengo recuerdos de haber pensado absolutamente nada más en el momento que cerré los ojos. No recuerdo que hicieron mis compañeros, nadie lo recuerda...
A la mañana siguiente abrieron la puerta una hora antes de lo esperado, y cuando me despertaron para que nos movamos, primero casi meto una piña, y luego casi beso pies... Cama. Una cama y un ventilador... Hasta mañana, nosotros no damos más, pero muy bienvenidos a un tremendo lugar en el mundo... Mumbai, La India...
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| El Capo extremo de Ghandi... |








Chicos, con puro amor y divertida por sus relatos, quiero decirles algo: ¿Por qué unos chicos que están de turistas, van al Salvation Army, que seguramente tiene pocos recursos para acoger a personas que realmente necesitan de esa ayuda y a quienes jamás se les ocurriría vivir "la experiencia de la pobreza" como una gran aventura; porque simplemente ésa es su vida? Me parece grandioso su viaje; genial que "vivan cada espacio" y que intenten vivir como los locales. Pero ya esto me parece por demás.
ResponderEliminarBesos!!!
Vicky
El Salvation Army es un hostalito que lejos de hacer beneficiencia vive del turismo... Es uno de los lugares de paso más conocidos y concurridos por mochileros en Mumbai. No acoge gente de ningun lado sino ponen la plata... o sea no esta de mas, sino que de menos... Besos Vicky y espero que te haya servido la respuesta... De todos modos me parece bueno que antes de lanzarte a la critica indagues sobre la real situacion. Besotes.
ResponderEliminarGracias Juli, es como leer un cuento en cuotas! sigan así!.
ResponderEliminarUn abrazo Rubén Quinteros
Entretenidisimo, me encanta y quiero seguir leyendo.
ResponderEliminarMe parece que Vicky penso lo mismo que yo: que el hostel "Salvation Army" se trataba del Ejercito de Salvacion, una organizacion (o no se que) religiosa que ayuda a los necesitados, pobres, etc :P porque en ingles se le dice asi, "Salvation Army"
ResponderEliminarcoincidencia en los nombres, quizas, jeje! igual gracias por la aclaracion chicos!
Si totalmente... pero bueno... gracias a Ruben tambien y a Claudia!... sigan leyendo... los esperamos!... abrazos...
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